#9 Filtrado
Una oda a ese pequeño cable a tierra que me ha ayudado a mantenerme centrado durante mi viaje: el cafecito.
Ese lunes por la mañana se cumplía un mes de nuestra vuelta a casa. Los días habían transcurrido reacomodando el espacio a mi nueva realidad: ampliar los pasillos lo más posible para circular a mis anchas, remover obstáculos del suelo para evitar tropezarme y reimaginar cada rutina cotidiana. Bañarme, por ejemplo, era un esfuerzo imposible sin Vicky, quien no solamente debía ayudarme a entrar a la bañera, sino que cumplía funciones de regadera móvil.
La frontera final que aún me estaba negada, sin embargo, era la cocina. Y en ella se encontraba el santo grial: mi cafecito. Desde mi curso de barista, el café se había convertido en hobby, placer y ritual. Su aroma se había vuelto sinónimo de arrancar el día y de arrancarlo de vuelta en horas de la tarde. Tenía el poder de trasladarme a mi infancia en casa de mi mamá y, en simultáneo, hacerme sentir más presente que nunca.
Durante el mes que estuvimos internados en el hospital nos había tocado tomar café de cafetín. Una sola taza diaria y, en contra de mi voluntad, descafeinada. Desconocíamos aún la magnitud de la condición neurológica que me había quitado la sensación en mis piernas y, por lo tanto, la cafeína estaba descartada. Durante la internación tomé dos tazas decentes. Una la logró contrabandear una amiga en una visita. La otra se dio el fin de semana en que logramos salir de la habitación por primera vez. Los médicos me habían animado a dar una vuelta en silla de ruedas por los pasillos de la institución y decidí darla directamente hacia la máquina de café.
Ninguna, sin embargo, se había acercado a mi cafecito. Acostado en mi cama ese lunes, con la incertidumbre de la rehabilitación que se avecinaba, decidí darme un gusto. Con gran esfuerzo me puse de pie mientras Vicky dormía y caminé dando tumbos por el pasillo que lleva a la cocina, ayudándome con mis manos sobre las paredes. Puse agua a calentar y, mientras molía mis 11 gramos de café al grosor justo, me golpeó su aroma como nunca, como en esas películas en las que el protagonista adquiere superpoderes y descubre que sus sentidos se han agudizado.
Cuando comencé el filtrado, el vapor me envolvió como un aura, disparando un sinfín de imágenes, algunas vividas, algunas tal vez aún por vivir. “El café, bien hecho, se disfruta con todos los sentidos”, me dijo una vez mi profesor de barista. Para ese momento aún no había experimentado el sabor y yo ya estaba en un trance.
A los tres minutos me serví la taza. Ante la dificultad de caminar con ella hasta el salón, como solía hacer meses atrás, me senté en una pequeña escalera en la cocina. Acerqué el café a mi nariz con ambas manos, en parte por cautela, en parte por querer sentir el calor en mis palmas.
Al pasar unos segundos, bebí el primer sorbo. Cuando levanté la mirada, Vicky estaba en la puerta de la cocina, sonriendo.





Un ritual digno de compartir junto a quienes amamos. Que bello relato multisensorial. Salud por más filtrados exquisitos y bien preparados ☕️