#8 A Secret Chord
Una crónica sobre mi paso por el Hospital Nacional de Parapléjicos y el poder de la música
De la entrada principal del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo hasta la sala de fisioterapia hay aproximadamente 200 metros de distancia. Los primeros consisten en un escritorio de información, un salón con máquinas expendedoras de golosinas y café, baños y una chica vendiendo loterías. Poco antes de la mitad del recorrido te topas con el cafetín, cuyas sillas y mesas, a diferencia de otros hospitales, están particularmente separadas entre sí para dar espacio a aquellos con movilidad reducida. En el tramo final está un pasillo amplio de unos 50 metros de distancia, con sillas dispuestas a un costado para familiares y amigos de los pacientes. Del otro lado, al igual que en el resto del camino, hay personas circulando a sus propios ritmos, con bastones, andaderas o sillas de ruedas. Ese hall cuenta además con un detalle que resalta la primera vez que lo atraviesas: un techo de gran altura, con ventanales enormes a los lados por donde entra la luz exterior como si fuese una iglesia.
Siguiendo el recorrido,el pasillo se reduce a uno más pequeño que a su vez dirige hacia otro espacio muy grande con más de 25 camillas, máquinas de ejercicio y ventanas por las cuales se divisa el río Tajo y los árboles que lo acompañan.
200 metros no parecen mucho, no lo parecían tampoco para mí hace un año. Pero desde que me tocó reaprender a caminar, es una distancia enorme. Cada paso cuesta el doble de esfuerzo que antes, cada movimiento obliga no solo a ejecutarlo, sino a pensarlo antes. A lo largo de 25 sesiones de fisioterapia los recorrí dos veces al día, cada ida con su vuelta correspondiente. Hubo días en los que llegué desmotivado y salí con entusiasmo, hubo otros en los que ocurrió exactamente lo contrario. Me frustré, me emocioné, lloré y, en algunas ocasiones, incluso reí.
El primer día, sin embargo, solo sentí dolor.
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A la primera cita llegué temprano, media hora antes de lo acordado. Mi primer recorrido por los 200 metros se me hizo corto, mediado seguramente por esa mezcla de emoción y nervios que acarreaba luego de tres meses de espera para recibir turno. Pregunté por Pablo, mi fisioterapeuta asignado, y esperé sentado a que llegara.
Mientras esperaba me puse a detallar el espacio junto a mi papá que cumplió funciones de chofer y acompañante espiritual durante toda mi experiencia. La pared frente a mí era una suerte de galería de fotos que contaba los 50 años previos del hospital en logros, que reflejaban visitas ilustres, desde ex jugadores de la selección nacional de fútbol hasta el mismísimo rey de España.
Por la puerta de la fisioterapia entraban y salían enfermeros y pacientes constantemente, a un ritmo vertiginoso que rara vez vería interrumpido. Uno de ellos fue una niña de no más de 10 años de edad que llegó en silla de ruedas asistida por sus padres. Fue recibida con sonrisas, a las que respondió con una aún más grande. Volteé la mirada y me concentré una vez más en las fotos.
—¿Pedro? Un placer, soy Pablo. ¿Entramos?
Al atravesar el umbral caminé hacia una de las camillas. Me quité los zapatos y me recosté boca arriba, siempre guiado por Pablo. Me comenzó a estirar las piernas en varias direcciones, consultando en cada movimiento si sentía alguna incomodidad. Intercalaba los ejercicios con preguntas para conocerme mejor, a las que, al menos en ese primer encuentro, respondí de forma parca.
Recostado observé a los dos pacientes en las camillas adyacentes. Una era la niña que había visto afuera, recibiendo ahora masajes similares a los míos. Se veía en calma, como si esa fuera una de muchas sesiones previas y muchas por venir. En la otra camilla había un muchacho joven, de unos 25 años, ya en el fragor de una rutina de ejercicios, asistido no solo por dos fisios sino por una máquina con un sistema de arneses que lo sostenían ante su imposibilidad de hacerlo solo.
Los miré fijamente durante varios segundos. Absorto, reviví mis propias semanas inmóvil recién diagnosticado, los primeros pasos posteriores, las frustraciones, la expectativa. Me sentí afortunado de poder valerme por mí mismo en ese instante. Pero también se asomaba una culpa que no sabía explicar. Imaginé sus historias, até cabos, llené vacíos. Detallé a sus familiares, escuché retazos de sus conversaciones. Pensé en los caprichos de la vida, que podía haber sido yo en ese salón en silla de ruedas o colgando de un arnés. Me perdí en mi mirada por segundos hasta que la idea de estar transmitiendo algo similar a la lástima me despabiló. Aparté la vista y miré hacia el techo.
—No sé si puedo volver a ese sitio —le dije a Vicky al volver a casa. Le conté todo lo que había visto, que al salir de la sesión me había tenido que encerrar en el baño a llorar.
—Depende de ti, pero recuerda todo lo que costó conseguir esas citas —me respondió ella.
Asentí en silencio. Al día siguiente estaba de vuelta.
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Las primeras sesiones de fisioterapia en el Parapléjico fueron cerca de las fiestas navideñas. Con cada visita, los 200 metros se iban poblando cada vez más de decoración, de pesebres, de rojo, verde y lucecitas. El salón de fisio también se fue contagiando del espíritu navideño gracias a los ensayos de la coral del hospital. La tradición dictaba que cada año se abría la convocatoria entre fisioterapeutas, enfermeros y pacientes, todos prestos a ensayar un repertorio acotado de villancicos en un acto en el pasillo principal en una suerte de acto de fin de año de la institución.
Los ensayos, descubrí durante mi segundo día, ocurrían todos los días a las 2 de la tarde, a pocos metros de mi camilla. Mi rutina de ejercicio, en consecuencia, estaría musicalizada en vivo por 15 personas aprendiendo a cantar Noche de Paz en armonía.
La música, también descubrí, me fue ayudando a acoplarme al lugar, le quitaba peso al espacio. Gracias a ella, la rutina se fue asentando de a poco y todo aquello que me había resultado pesado los primeros días se fue haciendo familiar. Ese malestar inicial fue dando lugar a otra cosa al ver que cada paciente volvía, día tras día, a repetir su rutina: intentar, fallar, volver a intentar. Todos se fueron tornando familiares, los saludaba cuando nos cruzábamos por los pasillos, me convidaban dulces cuando alguien cumplía años. Tal vez ocurren cosas similares en cualquier lugar que visitas todos los días pero prefiero pensar que el Parapléjico era especial.
Durante la segunda sesión, Pablo me presentó a Sara quien estaba cursando sus prácticas universitarias en la institución. Ambos monitoreaban mis rutinas, cada uno con su estilo personal. Mientras Pablo me llevaba al límite en cada ejercicio, exigiéndome como un padre demandante, Sara proponía un estilo más maternal, aconsejándome a fondo sobre cómo moverme mejor.
Las personalidades de ambos también eran contrastantes. Pablo tenía un humor oscuro que me costó entender al comienzo pero al cual sucumbí poco después. Era uno de los fisios con más experiencia del lugar, hasta el punto que, en una de mis esperas frente a la galería de fotos, lo logré divisar muchos años antes en una imagen junto a la coral. Una sesión promedio se podía ver interrumpida 6 o 7 veces por personas que venían a saludarlo. Cuando se despedían, Pablo me contaba algún chisme de cada uno.
Sara, por su parte, irradiaba alegría. Tenía una sonrisa de oreja a oreja que rara vez se le desdibujaba. Durante las sesiones me hablaba de cuánto le faltaba por estudiar, de lo difícil que era ingresar a trabajar en el Parapléjico y de su deseo, a largo plazo, de establecer un estudio privado en Toledo.
Mientras hacía mis ejercicios se acercaban siempre otros fisios a charlar con los míos y así los fui conociendo de a poco. Había uno que llegaba siempre con un chiste y un café en mano, una que me preguntaba en cada sesión por la situación política en Venezuela, otra que llegaba siempre con cuentos fiesteros de la noche anterior. Siempre había alguien hablando, riendo e interrumpiendo.
En una ocasión, el de los chistes se acercó a decirnos que uno de los pacientes iba a ausentarse ese día. Pablo le respondió que no estaba seguro a quién se refería por lo que el otro lo intentó describir. Mencionó su altura, su pelo, su acento. Nada. “Viene en silla de ruedas”, dijo con una sonrisa cómplice. Hubo un segundo de silencio seguido por la risa de todos.
— ¿Y? ¿Mejoró el ambiente? — me preguntó Vicky finalizada la primera semana.
— Sí, sí. Ya está todo bien — respondí.
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A medida que se acercaba el día de la presentación la coral fue afinando. Desde mi camilla podía ver y escuchar cómo las voces se iban acoplando. El repertorio incluía en esta edición una versión El burrito sabanero que había sido popularizada en España el año anterior por David Bisbal. “Esa es de tu país, no, Venezuela?” me dijo el de los chistes en una ocasión, segundos antes de cantar el tuqui tuqui tuqui tuqui.
Pero era otra de las canciones que, al escucharla, me quebraba: Hallelujah de Leonard Cohen. La había escuchado muchas veces antes pero nunca en vivo, y menos aún por una coral. Nunca he sido un hombre religioso pero el efecto de esa canción en mí era notable. Cada ejercicio cobraba dimensiones épicas con ese tema de fondo. O al menos eso parecía en mi cabeza.
Con el pasar de los días comencé a notar cambios en mi cuerpo. Los ejercicios se volvían más llevaderos, los recorridos por el salón más coordinados. Los que requerían ponerme en cuadripedia, por ejemplo, habían sido mi talón de Aquiles desde el primer día: apoyarme sobre manos y rodillas y alzar, de forma alternada, un brazo y la pierna opuesta.
Las primeras veces me iba de lado. Con el tiempo logré sostenerme.
Aún así la rutina era exigente. Había días en los que salía del Parapléjico arrastrando los pies, frustrado por no haber podido avanzar más. El camino de vuelta a casa permanecía en un silencio, repasando en mi cabeza cómo podía hacerlo mejor. Pero siempre ocurría lo mismo: a la mañana siguiente estaba caminando con un poco más de soltura. El ejercicio mayor estaba en aprender a tener paciencia.
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El 18 de diciembre fue el día de la presentación. Tendría lugar en el último tramo de los 200 metros, esa recta final que servía de antesala para la fisioterapia. Días antes había tomado la decisión de asistir con mi papá, mi madrastra y Vicky. Quería compartir con ellos un pedacito de ese lugar que ya comenzaba a sentir como algo mío. Intentamos llegar temprano pero, incluso con una hora de antelación, ya estábamos tarde. El sitio estaba repleto de doctores, fisioterapeutas, enfermeros, pacientes y familiares, sentados en hileras alrededor de una suerte de escenario imaginario donde la coral ocuparía su lugar. Entre ellos estaban Pablo y Sara quienes sonrieron al verme.Tomamos asiento a un costado.
Le conté a mi familia algunos detalles de lo que estaban por ver. A medida que repasaba el repertorio, se me fue formando un nudo en la garganta y la voz se me empezó a quebrar. Mientras les contaba el efecto que tenía en mí Hallelujah nos invadió un murmullo que venía del costado opuesto a donde estábamos. Entraron los miembros de la coral.
A los pocos segundos estaban sonando las primeras notas de Adeste fideles. El ambiente se fue llenando de esa alegría que solo un clásico navideño es capaz de provocar. Al finalizar la canción los aplausos vinieron de todas direcciones, incluso desde una terraza en el pabellón infantil del primer piso donde se habían amontonado varios niños a ver el espectáculo. Luego vino un aguinaldo llamado Los Peces en el río seguido de El burrito sabanero, que se llevó el aplauso más estruendoso de la jornada. Y después, esa canción.
Now I’ve heard there was a secret chord…
Vicky me agarró la mano. La apreté con fuerza y levanté la mirada hacia el techo y sus ventanales.






Ósea la papa en la garganta que me generaste finalizando la lectura… no solo lo que escribes sino lo que transmites 🫶