#7 Álvaro
Como parte del taller de literatura autobiográfica que estoy cursando escribí este texto bajo la consignade apoyarse más en diálogos que en narración para contar algun episodio personal. Esta es la historia de mi primera fisioterapia.
“Álvaro es muy majo”. La frase me la habían repetido varias enfermeras y doctores durante los días previos a conocerlo. Su fama como fisioterapeuta estrella del hospital, como dicen, le precedía. Vendría a conocerme el lunes a las 10 de la mañana en mi habitación, ese lugar que se había convertido en mi refugio durante casi dos semanas.
A la hora pautada tocó la puerta, ni un minuto antes ni un minuto después. Era un tipo joven, en forma, con onda. Tal vez la mejor forma de describirlo sea que tanto en esa ocasión como en las diez sesiones de fisio que tuvimos juntos, su llegada a mi habitación coincidía sospechosamente con una aglomeración de enfermeras en el pasillo, todas disimulando las miradas en su dirección. Álvaro, efectivamente, era muy majo.
- Estuve leyendo tu historia. Cuéntame. ¿Cómo te sientes?
A pesar del tiempo internado, no sabía aún cómo responder esa pregunta. Dentro del hospital había dejado de caminar y estaba todavía a la espera de un diagnóstico certero del porqué. Lo único que sabía era que la fisioterapia se había asomado como una oportunidad de oro para poder adueñarme, al menos un poco, de mi recuperación mientras los médicos hacían las pruebas pertinentes para conseguir respuestas.
- No bien. Quiero arrancar con fisio cuánto antes para sentirme mejor.
- Entiendo. Pero es importante que entiendas varias cosas antes de que empecemos.
Álvaro era un tipo frontal, de esos que probablemente te encuentras en un hospital más que en ningún otro sitio.
- Ahora mismo podemos hacer poco. La fisioterapia es solo una parte mínima de tu recuperación, sobre todo porque solo voy a venir veinte minutos al día.
- No sabía que serían solamente veinte…
- Tu recuperación va a depender de que cambies lo que comes, cómo duermes, lo que haces fuera de estas sesiones. Y puede que ni así recuperes lo que eras. Pero puedes vivir tu vida.
No había finalizado de pronunciar la última palabra y yo ya estaba llorando.“Igual haces bien en querer comenzar de una vez”, me dijo, intentando suavizar su discurso al verme afectado. Acercó un bolígrafo a mi pie derecho y lo rozó contra la planta.
- ¿Sientes esto?
- No.
Hizo lo mismo en el pie contrario. La respuesta fue la misma. La sesión completa continuó con estímulos similares, a lo largo de mis piernas y mi torso, con resultados varios.
- Hoy y mañana enfócate en intentar mover los dedos de tus pies hacia ti. Luego iremos agregando ejercicios, pero por ahora vamos con eso.
Mientras Álvaro salía de la habitación pude ver dos enfermeras asomadas por la puerta. En otro momento me hubiera causado gracia la imagen. Pero ese día no.
A las 10 de la mañana del día siguiente, Álvaro estaba de vuelta. Ese segundo día nos enfocamos en intentar flexionar mis rodillas. Sus manos acompañaban cada movimiento ante mi imposibilidad de hacer los ejercicios por mi cuenta.
- ¿De dónde eres?
- De Venezuela.
- ¿Y cuánto tiempo llevas en España?
- Ocho meses. Aunque pareciera más con todo esto que está pasando.
- Muchos cambios este último año, ¿no?
Lloré una vez más. Sostener un diálogo de más de treinta segundos se perfilaba como un ejercicio imposible.
- La verdad es que sí. Extraño bastante.
- ¿Venezuela?
- Sí. Pero Argentina también.
- Pero…
- Es que viví en Buenos Aires quince años.
- Ya. Trotamundo entonces.
- Cuando trotaba, sí.
Los dos sonreímos.
Con los días, la complicidad con todos durante una internación se va estrechando, sean enfermeros, camilleros o las personas de limpieza. Hay algo en la rutina, sumado a la vulnerabilidad que se respira, que se vuelve terreno fértil para estrechar lazos. Y con Álvaro no fue la excepción. Sin eso, tal vez hubiese sido imposible aquella sesión, al final de la primera semana de fisio, en la que me tocó ponerme de pie.
- ¿Estamos listos para los primeros pasos?
- En lo absoluto…
Me explicó dónde debía colocar los pies y en qué parte de su nuca debía apoyar mis manos. Me explicó también que sus manos estarían alerta para darme equilibrio y me pidió que confiara en que él ya había hecho eso mismo cientos de veces.
Lo intenté una primera vez y me fui para atrás sobre la cama. Luego una segunda vez con el mismo desenlace. Y finalmente, al tercer intento, logré pararme.
“Ahora haz 10 sentadillas”, me dijo sonriendo.
Los siguientes días se sucedieron de forma similar, alcanzando pequeños hitos. Nos fuimos conociendo, compartiendo historias. Esos veinte minutos brindaban sosiego en medio de la rutina de resonancias, inyecciones y diagnósticos.
Así, de a poco, llegó la décima sesión. Ese día Álvaro me entregó una lista de recomendaciones, me repitiólos mismos consejos que me dio el primer día y me dio su número de teléfono para cualquier consulta.
Me deseó pronta mejoría y me dio un abrazo, para el cual me pude sentar sin su asistencia. Cuando salió de la habitación, volví a ver a las enfermeras asomadas a la puerta. Esta vez, me reí.



Feliz domingo Pedro, gracias por compartir tu trabajo, un excelente ejercicio de economía narrativa; logrado no solo con la inserción de diálogos, como es la premisa, sino utilizando el entorno para mostrar más que contar.
Con un tema difícil y doloroso, logras una singular frescura, que despierta curiosidad y empatía.
No sé si sea la intención pero qué buena te quedaría una serie sobre esto.
Abrazos desde Caracas.
Muchas gracias por compartir Pedro. Muy sentido texto. Me falto ver la foto de Alvaro, hahahaha